En la casa del árbol | Arte en Asturias

En la casa del árbol

diciembre 1, 2011 Sin comentarios »
En la casa del árbol

101008 En la casa del árbolDicen que nacer en un entorno privilegiado es un buen alimento para el espíritu creativo. Si, además, se nace con ciertas aptitudes innatas, la cosa es muy esperanzadora. Pero si la intuición, la frescura, la fuerza y las buenas compañías acompañan, el resultado puede tocar la genialidad. De alguna manera, eso es lo que ha ocurrido con Pablo Maojo, uno de los artistas más originales del arte español durante los últimos treinta años que, siempre humilde, sigue respirando cada mañana las brisas de San Pedro de Ambás, en Villaviciosa, donde el taller de su casa familiar es un cúmulo constante de inquietudes.

Las composiciones intemporales, los ritmos constructivistas, la singularidad plástica y la ironía temática mantienen el hilo conductor de sus trabajos, que en los últimos años han alcanzado una hermosa madurez interpretativa y mañana se presentan en la Fundación-Museo Evaristo Valle, de Gijón. Su obra es habitual en el circuito asturiano, y en algunas salas foráneas. Sus diseños de interiores llenan numerosos establecimientos y hogares, desde Villaviciosa a Gijón, de Madrid a La Habana, o llegando, incluso, a Dinamarca.

Con su sincera sonrisa, este escultor recapitula una y otra vez sobre sus pasos para configurar hermosos volúmenes donde la madera se funde con breves e intensas notas de color, armonías y universos iconográficos repletos de símbolos, líneas, grafismos, trazos y palabras. Formas que ocupan y desocupan el espacio escuchando los consejos de la poética y el paisaje para ofrecer lujos inagotables. Un universo de sorpresas, para que nos perdamos entre sus huecos e incisiones.

Apreciar la evolución de Maojo y descubrir su potencia intuitiva, o su habilidad febril, es tan apasionante cmo inquietante. Con motosierras, gubias o pinturas, este inquieto artista se deja llevar por impulsos que surgen en el seno de su refugio maliayo, sobre todo en los cambios de estación. Porque la naturaleza es parte útil de esa renovación interior de Maojo, cuya obra florece al ritmo azaroso de las horas, sin objetivos estrictos. Tras la noche o el día, en este estudio-hogar, el desorden se transmuta en rigurosidad y la relajación deja paso a intensas labores cotidianas. Y surgen esculturas, ‘collages’ o pinturas de luz innata. Obras de arte puro y duro, asumido con serenidad.

Probablemente, los dos caballos del ‘prao’ anexo a la casa saben más de Pablo que cualquier otro compañero. Ellos observan diariamente cómo se concentra el artista, cómo recorre los troncos, pisándolos, acariciándolos, generando fantasías e inventando historias. Y le ven escanciar la sidra, o «lavar botelles y apañar manzanes», o coger nueces, o tocar el piano, o escuchar la música que el viento trae del bosque. Quizás por eso, al hablar de su carrera no tiene sentido clasificarle, ni marcar etapas cronológcias, ni mucho menos especular con erudiciones esnobistas. Su quehacer reclama un análisis básicamente emotivo, capaz de descubrir las mil y una maneras que los latidos del autor usan para penetrar cada espacio. Recorrer sus piezas. Contemplar. Compartir sus juegos. Primero sentir; después (quizás) racionalizar.

En sus esculturas, Pablo suele usar maderas diversas, aunque le priva especialmente el eucalipto, bastante generoso a la hora de dejarse acariciar, amigo de los relieves rasgados, firme contenedor de los ángulos rectos. El proceso germinativo puede partir de ideas aparentemente arbitrarias, o bailar al son melódico de los pájaros y los ritmos lunares. Es un diálogo personal, intransferible, donde el escultor lanza silenciosas preguntas y la materia contestará, si cabe, con sus ‘plegarias’ técnicas. La vida en los troncos va y viene, viene y va, pero nunca desaparece.

Su obra en espacios públicos, realizada a veces en acero cortén, mantiene esos principios (magnífica su ‘Escalada’, en el Pabellón de La Guía, de Gijón) y su trabajo es muy agradecido. EL COMERCIO le encargó hace varios años el diseño de la pieza se emplea desde entonces para la entrega de premios de esta empresa. Tradición, naturaleza, historia y modernidad, con el sempiterno ‘rojo maojo’, que conecta con un negro azulado, homenaje a la tinta, el ‘offset’, la neutralidad y el paso del tiempo. Maojo, como siempre hacía su añorado maestro Camín, subsiste conviviendo, bebiendo y reviviendo naturalezas cercanas. Se nutre de lo esencial. A veces, prefiere diseccionar las partes de un mismo tronco para retomar luego su ensamblaje final. Otras veces, la pieza se enriquece con sobrios toques de color, manchas gestuales, que uniformizan la composición y se inundan de ese amplio repertorio de improntas paridas por la singular caligrafía maojiana. La metamorfosis de objetos nos descubre entonces nubes, hojas, imágenes, círculos, estrellas, arbustos, animales y símbolos en los rincones de cada pieza. Feliz encuentro, tierna mirada, poética austera del ojo de Maojo.

Y en casa, con los ‘collages’ o las acuarelas, el ojo rojo de Maojo es un auténtico periscopio lúdico que vigila el paisaje y lo interpreta, como hemos visto en sus últimas exposiciones (galería Cornión de Gijón, espacio cultural As Quintas de La Caridad…). Son poesias, horizontes y recuerdos urbanos (a su manera) que atesoran cortes, pliegues, ilusiones ópticas, movimientos dinámicos… con vida propia, autónomos e inquietantes. El papel, el alambre…maquetas para grandes formatos.

En los últimos años el color de sus obras se ha intensificado, fruto quizás de una evolución sólida, una madurez que no quiere abandonar su espíritu infantil. Rojo y azul predominantes, pero también verdes, o amarillos, acotando partes de la pieza, simulando, aquí y allá, pequeños cuadros. Una y otra vez, el artista incorpora historias, palabras, imágenes de viajes, conversaciones que se prolongaron hasta la madrugada. Potencia, intuición, materia, ironía, delicadeza… cada obra de Pablo Maojo es como un ser vivo, un ‘ser-estructura’ que parece haber despertado del silencio de un árbol cercano, entre Gijón y Villaviciosa, con Cuba o Marruecos bajo el mar de fondo. No es raro hallar en sus maderas alguna seta, o musgo, o yerba. Son entes hermosos que dejan pasar la humedada por sus ‘venas’ mientras otean nuevos rumbos. Como hacen sus papeles, plegados y doblados mil veces, susurrantes mundos de un modo distinto para pasar las horas, al margen de artificios mundanos y cerca, muy cerca, de su honesta actitud


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