Esa vía iluminativa | Arte en Asturias

Esa vía iluminativa

julio 9, 2014 Sin comentarios »
Esa vía iluminativa

:: á. a. rodríguez

Santiago Mayo, ‘alma mater’ de esta exposición que comparte, en la galería Guillermina Caicoya, con Kiko Pérez y Teo Soriano, dice que dedicarse al arte desde una perspectiva que no esté contagiada por el consumismo es un acto de soledad. En un tiempo donde el intimismo, la fragilidad y el pequeño formato son la antítesis de las modas, estos tres artistas tan afines (y también tan distintos) reivindican el silencio compositivo para ‘gritar’, en clave poética, desde esa radicalidad que aportan sus calidades plásticas.

La soledad es, en este sentido, un bien necesario. Soledad en el modo de apreciar la creatividad, lejos de abigarramientos y tendencias. Soledad en la reflexión, como argumento vital. Soledad en la quietud contemplativa, el instante que desarrolla cada nueva composición. En el taller, estudio austero, elogio a la sencillez como medio para desarrollar una vía iluminativa, unitiva, purgativa y simbólica de ascendencia casi mística. Una actitud ciertamente espiritual que da luz a cada uno de sus pasos.

Del coruñés Santiago Mayo (Tal, 1965) ya hemos escrito varias veces, patentando su constante elogio a la sobriedad, que parte de materiales sencillos y una expresión consciente de que lo importante es plasmar emociones, provocar sensaciones y resucitar el leve recuerdo de su entorno. El horizonte, en estos sugerentes óleos, se brinda como icono, con estructuras que guardan arquitecturas o paisajes ‘cósmicos’ recreando sombras apenas perceptibles. Armonía extrema, que recuerda los modos morandianos en la aplicación de la materia y el interés por plantear superficies aparentemente inconclusas, para que el espectador complete su expresión del silencio. Mayo practica el noble impulso de expresarse con los recursos mínimos huyendo de estridencias, juegos decorativos o búsquedas complacientes. Suaves toques de pintura, papeles, alambres, bombillas, querencias metafísicas para la contemplación pausada.

No podía haber hallado mejor compañero para este viaje henchido en soledades que el extremeño Teo Soriano (Mérida, 1963), otro gran ‘místico’ de la pintura, que entiende cada proyecto como una obra coral. En sus composiciones, delicadísimas, cada pieza forma parte de una partitura integral, de una musicalidad global que se centra en el conjunto de los elementos expuestos, bajo una óptica retiniana capaz de combinar texturas de variadas temperaturas cromáticas.

En un planteamiento más híbrido, que interacciona hábilmente otras disciplinas, el joven Kiko Pérez (Vigo, 1982) aporta las tres dimensiones de este proyecto galerístico, en los límites de la escultura, con la herencia de la escuela vasca donde se formó (cercano a los Pello Irazu, Txomin Badiola y compañía), la alternancia de formas que aprecian lo objetual y se nutren también de lo efímero, con modificaciones que trasladan ciertos conceptos viciados del arte contemporáneo a sus nuevos contextos. La quietud, el detenimiento, la pausa, la brevedad, una vez más. Instantes de plenitud, como el imperio de la conciencia romántica, compañera apreciable, vieja amiga de sus almas artísticas. La soledad como cura para las vanidades. Porque vivimos como soñamos. Solos.


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