Fragmentos acuáticos | Arte en Asturias

Fragmentos acuáticos

noviembre 30, 2011 Sin comentarios »

110729 artista1 Fragmentos acuáticosCon la cercanía de Rodiles, y la contínua alternancia de aromas entre la yerba y el mar, es inevitable advertir la naturaleza en cada uno de estos cuadros. Este taller, aislado y solitario, está repleto de humedades que se traducen a cada una de las telas, y por eso los lienzos están vivos, como las maderas, como las búsquedas. Por eso, quizás, se humedece su mirada recordando al abuelo (el acuarelista local Guillermo Simón), un faro que siempre permanece iluminando el horizonte, más allá del busto de bronce que le rinde homenaje, en el centro de Villaviciosa.

Desde que se dio a conocer en el circuito artístico asturiano, a mediados de los años noventa, Guillermo Simón (Villaviciosa, 1968) ha seguido una trayectoria ascendente, excepcionalmente firme en sus principios éticos y estéticos. Desde la humildad y el esfuerzo, junto a este privilegiado paraje, lleva veinte largos años experimentado con formas, texturas y equilibrios, mirando de reojo la bajamar, los torbellinos, los sedimentos, la luz, las nubes… que han servido como pretexto temático para resolver todas y cada una de sus apuestas plásticas.

Uno de los problemas más graves que vive el arte actual (o el arte ‘reciente’ para ser más exactos) es que la idea prima sobre el oficio. Hay grandes dosis de imaginación (dicen) y bastantes estímulos públicos y privados para animar el circuito, pero no hay suficiente disciplina.

Quizás, porque la obra siempre es perfecta mientras reside en la cabeza, pero los frutos suelen ser decepcionantes. Por eso, lo que el artista debe aprender sobre su próxima obra ya está en la última que realizó, y eso obliga a mejorar desde la cotidianeidad, el oficio y la experiencia, a ritmo de trabajo. El artista, como cualquier otro profesional, debe mejorar con hechos, no con meros mítines.

Guillermo Simón lo sabe bien. «No soy un pintor de grandes rupturas, no me gusta dar grandes giros en su obra. La gente reconoce mis trabajos, me identifica. Sigo mi propio camino con el trabajo diario y la intimidad del estudio. No sé si eso me perjudica o me beneficia, el tiempo lo dirá. Huyo del ensimismamiento, sin negarme a mí mismo». Viaja, pero no abandona durante mucho tiempo este hogar maliayo. «Me interesa, ante todo la buena pintura, venga de donde venga. El trabajo bien hecho, las emociones». Desde sus comienzos investiga lo acuático, ese ‘panta rei’ donde todo fluye, la imposibilidad de atrapar instantes.

En su trabajo se perpetúa, día tras día, ese romanticismo norteño, sentimiento del paisaje que se materializa en las huellas de la tela y el protagonismo del azar, con texturas sinuosas que también aparentan magmas volcáncios, explosivos, huyendo de la vulgaridad.

Con una sólida formación juvenil, que se inspiraba en la mirada familiar y el influjo de su abuelo, Guillermo Simón se licenció en 1991 en la Facultad de Bellas Artes del País Vasco, ampliando después estudios en L’Ecole Nationale Superieure des Beaux Arts, en París. Tras varias exposiciones individuales, su primer éxito importante fue la medalla de oro del Certamen de Pintura de Luarca. Corría el año 1993 y, ya entonces, Guillermo atesoraba una voluntad poco común, que se manifestaba en profundos registros técnicos y en superficies amplias, dinámicas recreaciones de su entorno.

Aquello derivó un año después en su interesante exposición por las salas de la Caja de Asturias de Oviedo, Avilés, Mieres y La Felguera. El pintor aumentó su voluntad con otras distinciones nacionales hasta que, en 1997, presentó en el gijonés Museo Evaristo Valle la serie ‘Fragmentos kinemacuáticos’, patentando esa expresividad poética que siempre ha perseguido, y anunciando nuevas posibilidades. Paisajes genéricos protagonizados por las idas y venidas de unas olas apenas sugeridas, cuya resaca, henchida de matices, marcaba las pautas formales.

La crítica siempre le ha tratado bien, entre otras cosas, porque valora su oficio y su constancia. Uno de sus defensores más fieles ha sido Evaristo Arce, conservador-jefe de la Colección Masaveu, que en los primeros años del pintor afirmaba que toda su obra está «contagiada de las pulsiones corporales de su autor y de los efluvios y vibraciones de su entorno geográfico, tiene el trazo, la textura y la tonalidad de los mundos abisales, donde la luz y el color trascienden tamizados y armónicos y habita el sonido del silencio».

Desde entones Guillermo Simón no ha parado de exponer dentro y fuera de Asturias, con trabajos bien resueltos, fruto de una obstinada metodología que el pintor destina, básicamente, a la transmisión de emociones, con herencias primarias del expresionismo abstracto y la abstracción lírica, acentuadas y singularizadas en la espontaneidad y la visceralidad de sus composiciones.

Las últimas piezas, que expuso en la galería Gema Llamazares el año pasado, se nutrían de equilibrios entre color y forma, con el aguarrás y las veladuras deslizándose por el soporte y haciendo las veces del líquido sugerido en los fondos. Escenografías armónicas y alegóricas, producto de una técnica que permite al autor disfrutar como un niño en cada sesión de trabajo; composiciones que, de alguna manera, mantienen esos susurros del rumor del aire y las olas del mar, atrayéndonos a lugares mágicos y pictóricamente inagotables. El mar como cuna y meta, aumentando las sensaciones de volumen con juegos tremendamente sobrios. Interiorizar viejos y nuevos motivos de inspiración. El arte como autoconocimiento. Responder al acto creativo con sinergias que le permitan a uno ‘ser pintor’ o, cuando menos, intentarlo. «Resulta que hablar de pintura hoy está lleno de conflictos y equívocos porque para muchos , es una disciplina muerta. A mi no me interesa el arte banalmente intelectual.

El arte no debe ser ininteligible, frío y distante. No debe responder sólo al tráfico de las macroestructuras y sus asesores porque, como decía Friedrich, debemos buscar la comunicación con el espectador sin caer en la vulgaridad». Citar a Friedrich es reivindicarse a sí mismo. A estas metáforas de lo imprevisible, relámpagos de un temporal que nos atrapa.


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