La galaxia infinita de Gordillo | Arte en Asturias

La galaxia infinita de Gordillo

agosto 18, 2014 Sin comentarios »
La galaxia infinita de Gordillo

(A.A.R.)

La sala Van Dyck presentará el próximo viernes una importante exposición de Luis Gordillo (Sevilla, 1934), referente de muchas generaciones artísticas y dueño, desde hace seis décadas, de una intransferible y experimental actitud creativa. La muestra gijonesa, que coincide con la que el artista tiene estos días en el Artium de Vitoria, se nutre de veinticinco piezas realizadas entre 2010 y 2013 en diversos formatos, con telas, maderas, papeles, fotografías y monotipos que definen el complejo universo del pintor y su enorme capacidad para evolucionar manteniéndose fiel a sus principios éticos y estéticos.

No es Luis Gordillo amigo de los encasillamientos ni las estructuras cronológicas, como reivindicó en su magnífica antológica ‘Iceberg Tropical’, que él mismo comisarió en el Museo Nacional-Centro de Arte Reina Sofía en 2007, tras recibir el Premio Velázquez de Artes Plásticas. Como aquella emblemática retrospectiva demostró a propios y extraños, al artista andaluz le gusta concebir sus proyectos expositivos como espacios vivos, auténticos campos dinámicos repletos de acciones y reacciones que generan esa práctica habitual donde, como él mismo suele declarar, lo histórico rejuvenece, en contacto con lo reciente, con las últimas hornadas creativas, yuxtaponiendo polos aparentemente opuestos o esquivos.

En su estudio madrileño es frecuente advertir esa configuración de varias piezas en la misma sesión de trabajo, para patentar esa porosidad de mutuas influencias. Su larga trayectoria, avalada por otros galardones como el Premio Nacional de Artes Plásticas (1986) o la Medalla al Mérito de Bellas Artes (1996), está marcada por la investigación, el cambio de registros y el afán por revelar nuevos horizontes, en un ritual tan obsesivo como fructífero. La hibridación, siempre presente, hace convivir realidad, abstracción, simbolismo o narratividad.

Luis Gordillo comenzó a brillar junto a la fructífera generación que surgió a finales de los años cincuenta del pasado siglo. Pronto se distinguió del resto por diversas razones, entre otras porque se introdujo en las teorías psicoanalíticas y los hallazgos freudianos. Ese interés por conjugar pintura, impacto visual y profundidad psicológica se ha mantenido presente tanto en su vida como en su obra, en sus conceptos y recursos formales, durante sus innumerables proyectos individuales o colectivos. Así, desde mediados de los años sesenta ha venido jugando (y conjugando) experiencias múltiples, analizando una enorme amalgama de medios de reproducción y transformación de la imagen y del color, en una actitud heredera del ‘collage’, que reclama la física de la pintura, la creación como conflicto personal y la singularidad de cada idea, más allá del arte por el arte. Una obra comprometida, comprometedora, lúcida y lúdica, repleta de tensiones multiformes y motivos recurrentes (el espejo, la digestión, la sexualidad, la funcionalidad del yo…) que hoy mantiene intacta esa enérgica dialéctica entre lo positivo y lo negativo, entre profundas transformaciones técnicas que, pese a su aparente virtuosismo, mantienen invulnerable la pureza plástica.

El espacio de emergencia del sujeto reflejado es, sin duda, una de las claves de esta exposición. Como apuntó hace tiempo Fernando Castro, ha sido elemento crucial en la estética de Gordillo. La imagen especular como «umbral del mundo visible, identificación o transformación producida en el sujeto cuando asume una imagen que constituye la matriz simbólica». En ese sentido, hay en Gijón piezas (‘Isla en una isla’, el tríptico titulado ‘Cardio-respiratorio’, las intrigantes series firmadas bajo el epígrafe ‘Recordando’…) que resultan paradigmáticas, metáfora de ese interés por el reflejo circunspecto de la conciencia.

La dualidad, sin duda, otro de los paradigmas del artista, como la sensación de caos, y la vigencia del orden, y las redes celulares, y los laberintos, y las plantillas que se repiten, y el permanente control de la estructura, y la acotación de los límites internos y externos de cada composición.

En el fondo de estos viejos y nuevos envites también habitan, más o menos latentes, las inquietudes íntimas, las intersecciones entre los cuerpos, la convicción de que el artista tiene la obligación de reconfigurar una y otra vez signos y códigos paseando por sus lógicos recursos, en sistemas que se alimentan unos de otros, se desestabilizan y vuelven a armonizarse de nuevo, en una galaxia infinita de experiencias vitales y sensoriales. Tarea sofisticada, quizás, porque a través de esos movimientos dinámicos las obras se descomponen sobre sí mismas manejando los lenguajes cromáticos con un dominio inusual, en una visión expandida de la pintura, la realidad o la ficción, que hace fluir fantasías, deseos, miradas, lenguajes y emociones.

Todas estas obras se complementan pero, sin ánimo aglutinante, mantienen la magia y la individualidad en cada pieza. Cierto es que la variación de formatos y técnicas deriva en miradas heterogéneas, pero ese divertimento del artista forma parte de su innata llama expresiva, fiel a su pensamiento existencialista, en campos tan irónicos como dramáticos, que superan una y otra vez las limitaciones de su propia maestría y generan novedosos estadios. Es un lenguaje escéptico con respecto al discurso consciente, un diálogo esencial que impide la formulación voluntaria de estilos y establece conexiones entre lo espontáneo y lo reflexivo, lo manifiesto y lo latente. Es, en fin, una alegoría de su propio taller, con elaboraciones y combinaciones secuenciales donde el autor busca, en principio, sorprenderse a sí mismo, para repercutir después en la complicidad con el espectador. Gordillo, inalienable.


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