(Á.A.R.)
Hace tres años, durante la última individual de Tàpies en Madrid, las obras no gustaron demasiado a propios y extraños. Quizás porque latía cierta decadencia entre aquellas composiciones, o porque la deriva mercantil de aquel proyecto provocaba en quienes le admiramos cierta tristeza, en el cénit de un creador que ya lo había expuesto todo.
Pero a Tàpies no basta con mirarle. Hay que leerle, como a otros grandes maestros recientemente fallecidos (Chillida, Oteiza, Lucio Muñoz…), cuyos pensamientos son más potentes y enriquecedores que sus últimas pinturas o esculturas. Son símbolos paralelos a su universo propio. Así, Tàpies ha escrito mucho, y atesora importantes publicaciones. En aquella exposición se presentó el libro ‘La realidad como arte’, selección de artículos del artista catalán, ejemplo de intelectual y amante de la filosofía que integraba su cosmovisión en cada pintura. Una auténtica declaración de intenciones; un tesoro para el pensamiento actual.
Tàpies no ha sido sólo un referente artístico del informalismo europeo. Fue un escritor capaz de reflexionar en profundidad sobre la esencia del ser humano, tendiendo puentes entre Oriente y Occidente. En la primera parte de ese último libro (‘La realidad como arte, 1974-1979’), se desvela su acercamiento al comunismo como ciencia económica y política, creyendo en un mundo más justo y denunciando, de paso, los excesos de esa izquierda que años atrás luchaba contra la dictadura. En la segunda parte (‘Por un arte moderno y progresista, 1981-1985’), Tàpies analiza la sociedad contemporánea y reivindica el concepto de progreso bajo una perspectiva científica, ética y estética. Es una lúcida crítica del relativismo postmoderno que se funde con la vida, la sociedad y la historia, sin aspavientos.
«El arte es la filosofía que refleja un pensamiento» (Antoni Tápies)

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