Materia primigenia | Arte en Asturias

Materia primigenia

junio 7, 2016 Sin comentarios »
Materia primigenia

:: ángel a. rodríguez

Matarranz homenajea a la fuerza cósmica, los alquimistas   y el tiempo en la Capilla de la Trinidad del Museo Barjola
El pintor Mariano Matarranz (Madrid, 1952) vuelve a exponer sus trabajos recientes en Gijón, donde reside desde 1995. La Capilla de la Trinidad del Museo Barjola inauguró ayer su último proyecto, titulado ‘Memoria de los signos. Materia primigenia’, que plantea un nueva introspección del artista a partir de grandes soportes que emulan oxidaciones, exploraciones y registros líricos.
Formado en el taller de Méndez Ruiz y en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, Matarranz fue uno de los pintores más prolíficos del circuito asturiano en la segunda mitad de los noventa y la primera década del siglo XXI, con exposiciones en museos y galerías de Gijón y Oviedo. Ahora, inmerso en una nueva etapa creativa y vital, ofrece al público tres grandes obras que parten de recursos simbólicos y referencias alquimistas para traducir búsquedas, significados y significantes casi cósmicos.
La pieza central (un díptico de 560 x 400 centímetros) ocupa la pared frontal de la capilla con técnicas mixtas sobre resina planteando una suerte de dicotomía entre lo abstracto y lo concreto que incluye en la parte inferior un caparazón, eco alegórico sobre las tapas de los recipientes de cocción y las tortugas, como figuras características en los dibujos orientales. Además, la muestra incluye varios dibujos sobre papel japonés (122 x 100 centímetros) que mantienen el habitual interés de Matarranz por armonizar lo físico y lo industrial, el paso del tiempo y el juego con el espacio.
De nuevo, el taller ha sido compañero de este artista para traspasar las fronteras terrenales, en un perenne ritual que analiza cada centímetro del cuadro para arañar, rasgar y componer símbolos personales, pequeños detalles que reflejan energías extraídas directamente del corazón. El proceso como pauta fundamental, como único argumento válido para afrontar la actividad diaria, más allá de la oferta puramente estética. De nuevo, las composiciones de Matarranz permiten descubrir ventanas abiertas hacia otros universos, otras tierras, otros senderos posibles.
La exposición supone un punto y seguido en su carrera, tras una secuencia lógica de las anteriores propuestas expresivas. No en vano, cuando se presentó por primera vez (Club de Prensa, Madrid, 1972) y durante toda su actividad en la capital española de los años ochenta, el pintor ya aludía a la naturaleza simulando ramas, hojas y alquitranes, con grandes masas de elementos que llenaban la superficie del cuadro. Años después lo patentó en Gijón (Centro de Cultura Antiguo Instituto, 2000)con un tributo a la levedad donde desaparecieron (momentáneamente) las oxidaciones, los grandes relieves, hacia nuevos efectos de volumen. Los juegos sobre texturas desnudas dominaban aquellas series blancas que siguió mostrando en las salas asturianas y en Arco, donde participó con la sala Vértice.
Vino después un residencia temporal con su familia en Guadalajara, recolectando esos caminos en nuevos proyectos, como el que mostró en Oviedo en el año 2008. Aquellas piezas, en grandes formatos, rompían sus propios moldes con emotivas relecturas. El acto de pintar era un anhelo místico, de comunión con el entorno, entre rezos, retos y respuestas. Ahora, Matarranz constata ese empeño combinando formatos y aprovechando ‘frottages’, rasgados, energías gestuales, matices e instantes que han renovado las vibraciones y los ritmos de su habitual oferta pictórica. Pero el misticismo sigue habitando estas instalaciones de la Capilla de la Trinidad, que alcanzan grandes cotas cualitativas.


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