Pelayo Ortega y su “Topografía sentimental” | Arte en Asturias

Pelayo Ortega y su “Topografía sentimental”

marzo 24, 2015 Sin comentarios »
Pelayo Ortega y su “Topografía sentimental”

 

(A.A.R.)

Diecisiete años después de haberse estrenado por primera vez en las paredes de Marlborough, Pelayo Ortega (Mieres, 1956) regresará el próximo jueves a la sede madrileña de esta prestigiosa galería internacional para mostrar durante un mes su último proyecto, titulado ‘Topografía sentimental’. Un capítulo inédito en su coherente evolución pictórica, y, sin duda, una de sus exposiciones más hermosas, compuesta por treinta piezas que atesoran los registros recientes del artista asturiano, siempre en vilo entre la tradición y la renovación.

 

Las obras aún reposaban esta semana en su taller gijonés, donde Pelayo Ortega daba sus últimos retoques comprobando los originales marcos elegidos para configurar un montaje singular, que llenará las paredes de la galería hasta el próximo 2 de mayo.

Tras sus recientes éxitos en la Feria Internacional de Arte Contemporáneo de Madrid (Arco) el pintor ha culminado un año de trabajo donde se mantiene esa alternancia de la figuración y la abstracción y ese diálogo formal y conceptual que considera inherente a su filosofía creativa. Más allá de las estética, las piezas que expondrá en Madrid están habitadas por una coherencia ética poco común, donde la sobriedad de algunos dibujos realizados mediante tintas negras contrasta con los delicados matices cromáticos de otros cuadros pintados con óleos y acrílicos, que provocan un atractivo enfrentamiento visual. Hay veintiocho papeles en medio y pequeño formato y dos grandes telas, como la titulada ‘Todos los cielos’ (2014), que ha servido como imagen para ilustrar el cartel de la muestra.

Nuevas sorpresas

Cada nueva exposición de Pelayo Ortega es un canto a la sorpresa, fruto de su actitud permanentemente inconformista, y de una trayectoria repleta de calidades que rechaza una y otra vez cualquier nepotismo o parcialidad para seguir avanzando. Así, parte de un sentido libre de la práctica artística que se nutre de símbolos propios, tangibles o intangibles, para hablar obsesivamente del mundo, de la familia y de sus vivencias íntimas, sin desdeñar miradas hacia algunas preocupaciones sociales que le afectan directamente como ciudadano. Y en esa investigación que no cesa el artista se mantiene con la ilusión de un niño, como un alquimista que persigue la (imposible)fórmula magistral capaz de explicar el mundo a través del arte y entender la propia condición física de la pintura. Quizás por eso, en estos cuadros abundan algunos iconos tan ‘orteguianos’ como el paseante con sombrero, la sempiterna cruz (símbolo del cruce de lenguajes, y de la mística religiosa, y de los caminos personales, que van o vienen..), o como los paraguas, o las sillas, o el humo, o los relojes. El riesgo es permanente y el equilibrio es inestable, entre signos de un tiempo detenido entre la inteligencia cotidiana. De fondo, la expresión del amor (del amor paternal, el amor físico, el amor a la música, al tiempo y al espacio) virando día a día desde lo prosaico a lo espiritual y desde lo espiritual a lo prosaico, sin perder el sentido ni el sentimiento, en pos de la emoción.

Dice Pelayo Ortega que esas complicidades entre el pintor y el espectador deben ser directas o instintivas, pero nunca dogmáticas. «No me gusta explicar los cuadros», insiste. «Creo que cada cual debe extraer sus propias conclusiones, aunque yo tenga más o menos claro lo que expresa la composición». Entiende el soporte como cuna para los instantes cercanos o para los días perdidos. «Cada uno debe configurar su propio recorrido por la exposición;una cosa es planificar con detalle el montaje de las piezas y otra muy distinta marcar caminos estrictos a las visitas».

Hay aquí piezas que se entrecruzan, con marcos poco frecuentes donde Pelayo Ortega rompe la condición ortogonal del cuadro para mejorar la fuerza expresiva del conjunto expuesto. De algún modo, el pintor recapitula sobre sus pasos y plantea una autoconciencia existencialista; una introspección muy crítica consigo mismo, con sus conflictos, aprovechando ese derroche de facultades plásticas que nos propone siempre, haciéndose preguntas a sí mismo para dudar de todo menos de la experiencia de dudar.

Remordimientos, dudas, dualidades, paradojas, pinturas, papeles, tintas y otros argumentos para seguir pensando. Para seguir pintando. Y de fondo, los títulos que elige siempre a posteriori, repletos de poética, en un paseo perpetuo desde ‘La casa del pintor’ (pretexto habitual en sus cuadros, como sus ‘Talleres’) hasta imágenes cercanas, como esa que recrea la estación de Alsa en Gijón, homenaje al edificio de Manuel del Busto.

Y entre medias, otras conjugaciones múltiples (de las series ‘Estratosféricas’, ‘Papeles como días’, ‘Planimetrías’, ‘Pinturas sustentadas’…) que no son sino tributos a la propia pintura, a la batalla del artista contra las soledades, entre algún recurso hitchcockiano (papeles tan escenográficos como ‘La ventana indiscreta’ o ‘Con la muerte en los talones’) que emplean los títulos de las películas del realizador británico para traducir otras realidades más o menos angustiosas, en las vivencias recientes del artista. Porque el tiempo pasa para todos, y la vida sigue dando las vueltas que antaño analizaba en este periódico ‘Till’ (Francisco Carantoña), añorado amigo de Pelayo Ortega.

La muestra se abrirá, a pie de sala, con la emblemática pieza que ha titulado ‘El extranjero’, donde el pequeño personaje de siempre se ha dibujado ínfimo, aprisionado por el mundo, una silueta negra de territorios desconocidos, angostos y acongojantes. Negros y blancos de infinitos matices grisáceos en las hermosas pulsiones de la serie ‘topográfica’ que da título global a esta exposición, con una serie de diez papeles que llenarán la pared principal de la sala para aportar otro discurso coherente sobre la pintura, desde la pintura, por y para la pintura. Un lenguaje repleto de voz propia, enraizado en la voluntad de entender el universo y traducir, si cabe, una pequeña parte de sus misterios. En fin, un lujo.


Pelayo Ortega y su “Topografía sentimental”

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