Lisardo: retrato en blanco y blanco | Arte en Asturias

Lisardo: retrato en blanco y blanco

enero 21, 2012 Sin comentarios »
Lisardo: retrato en blanco y blanco

(Á. A. R.)

Su obra revela leves espacios para la geometría, la poesía, la arquitectura, la música o las tensiones filosóficas, pero lo hace con una sobriedad extrema y una obsesión vital donde no hay sitio para los fuegos de artificio

Esencialidad, sobriedad, silencio y poesía son conceptos afines a algunos pintores contemporáneos cuyos trabajos persiguen una abstracción muy depurada, amiga de la geometría, la luz y los misterios. Pero hoy, en el caso de Lisardo (Mieres, 1960), esa comunión resulta obsesiva, virando hacia territorios dominados por una mística donde el blanco es la mejor metáfora de la pureza. Blanca, muy blanca, así es su pintura actual, y también su humilde estudio, espejo del orden, el ritmo y el rigor de un artista que evita las anécdotas en todas y cada una de sus acciones.

Desde que debutó en 2002 en la galería Vértice con sus ‘Geografías construídas’, Lisardo ha participado en varias aventuras colectivas, brillando en varias ediciones de la feria de Arco y en diversas exposiciones. Entre las primeras destacaron la de las salas de Cajastur, en el año 2002, y la de la galería Fruela (Madrid, 2004). Tras unos inicios en la órbita del neoplasticismo y la abstracción geométrica, esa exposición madrileña (‘También la sed’) presentaba sus primeros lienzos ‘blancos’, cuya parquedad ya hacía referencia a una manera ‘oriental’ de entender el arte, asumiendo la obra como parte de un camino, o un desierto de arena. Hace tres años, Lisardo presentó en Gema Llamazares otra muestra con enigmático epígrafe (‘Intersección sin aliados. Mejor soledad que pesadumbre’) aludiendo a esa fe en los guiños arquitectónicos y la tensión filosófica. Y hace apenas un mes su pintura volvió a esta sala gijonesa, en un loable empeño por «ser antes que estar», renovarse y seguir levantando sus imaginarias construcciones, casi procesuales. Discursos nobles, capaces de explicar el por qué de esta materia tan analítica, tan solitaria, tan hermosa, que evita las nubes de humo.

No es tarea fácil despojarse de una pintura que ya es, en su génesis, despojada. Pero Lisardo asume esa experiencia como una obligación. «Evolución si, tal vez, pero lo importante es que tengo que hacerme cargo de una realidad cambiante,compleja, rebosante de acontecimientos», dice. «Esa realidad se materializa en juegos con normas no establecidas. Las reglas nacen del mismo juego y se van transformando con él. Mi evolución tiene que ver con alguien que está dentro del campo, pero que está ‘siendo’, es decir, está removiendo con las manos la sustancia del ser».

No es un artista fácil. Su mirada responde, sin duda, a esa idea de ser un ‘pintor para pintores’, con todo lo bueno y malo que esa definición conlleva. Lo bueno:la satisfacción de habitar las entrañas de la pintura, el aprecio de los profesionales, el reconocimiento de la crítica, el aplauso de los colegas. Lo malo: la incomprensión, las dificultades para entrar en el mercado, la falta de interlocutores. Él, en cualquier caso, se mantiene en sus trece. «No me interesan los fuegos de artificio», subraya. «No creo consignas para la masa ni espectáculos para el público. Mi trabajo se dirige al ‘yo’,a mi ‘yo’, y a todos aquellos que sean receptivos y respiren el mismo aire. No soportaria ser una estrella del rock ni un artista del ‘artisteo’». Su obra más reciente mantiene esa dificultad contemplativa, con el dibujo como guía y las veladuras como antesala de una experimentación casi matemática.

Pasión por la línea, ese haz magistral que también fue recinto poético en la paleta de Paul Klee, y hermoso temblor en las manos temblorosas de Rothko, y reducida acotación en Reinhardt, y negro resplandor en Bridget Riley, y dislocación visual en Scully, o ‘hard edge’ en Frank Stella. La historia es historia, más o menos viva, y el circuito (peligrosa, pero inevitable pareja) es un peso poco afín a artistas como Lisardo, «El mercado es el diablo», apunta. Por eso en sus inauguraciones se le ve un poco incómodo, casi fuera de lugar. La soledad es su refugio. «Más que enfrentarse al trabajo, hay que sucumbir a nuestra fuerza liberadora. Quien ‘hace’ es el solitario porque, en el fondo, está harto de su soledad. Si el humo ya no alcanza la altura suficiente resulta que ahí, en lo ‘blanco’, puede uno insertar sus mensajes, con la intención de solventar la gran necesidad».

Con esas y otras memorias pero, sobre todo, con voz propia, Lisardo marca ese íntimo fulgor alternando el recogimiento con una tensión que confluye en la plástica del silencio. Porque, como decía Oscar Wilde, los placeres sencillos son el último refugio de los seres complicados, o porque la elegancia, cuando se hace verdaderamente tangible, no responde a cálculos premeditados, sino a la sencillez de lo bien hecho. Lisardo lo sabe, lo escribe, y lo demuestra en cada nueva exposición, donde las verdades se nutren una y otra vez de la austeridad y del compromiso.

El futuro es otra historia. Algo que está lejos o, quizás, está en peligro. «¿El futuro?. Lo veo como un lugar donde está todo por hacer, y muy sucio. Somos una especie que sólo lanza residuos al futuro».

Acaso la limpieza que proyectan sus cuadros albergue un empeño ritual para evitar esos residuos. Einstein decía que debemos reducirlo todo a su máxima simplicidad, pero no a más. Flotando entre magmas, el ‘blanco sobre blanco’ lisardiano nos sobrecoge e impacta porque vibra incesante, en su sobriedad extrema. Fondos blancos (blancos, nunca neutros) y primeros planos blancos, donde el pintor recrea un sinfín de matices musicales, alternando esa abundancia de gestos, armonías y síntesis matéricas. Para ello levanta imaginarias arquitecturas, extraños pentagramas o ciudades imaginarias que jamás se detienen en ninguna intención dogmática.

Yo creo que, en el fondo, Lisardo está hablando de la cotidianidad. Lo que ocurre es que lo hace con argumentos pictóricos extraídos de la entrañas del instante creativo, de ese diálogo mudo entre la tela y el pintor. De alguna manera sus cuadros son memorias recuperadas, energías cinéticas a punto de estallar, que mantienen un debate vitalista entre el acto de pintar y el acto contemplativo. Es un ciclo sin fin. Una nostalgia de la luz. ¿Hay lugar en el arte contemporáneo para esta obra, para este icono del silencio?. ¿Hay salida para esta pintura tan austera?. «Ya está fuera. Sólo hace falta que se tropiece con ojos que disfruten de conexiones adecuadas. Adecuadas, claro está, para mi pintura».


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