Un refugio para la luz | Arte en Asturias

Un refugio para la luz

noviembre 30, 2011 Sin comentarios »
Un refugio para la luz

1005212 Un refugio para la luzEn esta casa-estudio del barrio gijonés de La Arena, angosta y abigarrada, siempre suenan ritmos melódicos de fondo. Las sinfonías de Bach, las misas de Tomás Luis de Victoria, las versiones para piano de Mozart o el bandoleón de Astor Piazzolla inundan de calma una atmósfera que huele a tabaco y mar, a óleo y salitre, suavizando el ruido que sube de los bares de la calle Aguado. Aquí no vale todo (ni mucho menos) pero «todo lo que vale» sirve de inspiración a este pintor honesto, de obras lentas y delicadas.

Inspiración lógica en el caso de alguien cuyo deseo más íntimo (sospecho) es pintar la música. Nano, inicialmente reacio a las caricias, desconfía de las visitas, pero se deja mimar cuando advierte unas manos cercanas. Con doce años, este atlético perro de aguas aún corre diariamente por la arena de San Lorenzo y El Rinconín, bajo la mirada ‘paternal’ de Javier Victorero. Ambos comparten este taller, cuyas estanterías atesoran la ordenada colección de minerales que le facilitó el especialista Agustín Fernández y muchos libros de arte, donde priman Velázquez, Zurbarán, Klee, Palazuelo, Ramón Gaya o nuestro Luis Fernández, con el permiso de Virilio, Eugenio Trías y, sobre todo, Albert Camus («Nací en el mar y la pobreza fue, para mí, fastuosa»). En las paredes cuelgan algunas obras propias (acuarelas, tintas, marinas y horizontes…) que comparten espacio con dos o tres pequeñas ‘joyas’ adquiridas durante años, con un enorme esfuerzo ahorrativo. Vivir de la pintura es muy difícil. Vivir sin ella, imposible.

No ha sido rápida la evolución de Javier pese a que, en los últimos diez años, ha pasado de ser un desconocido a situarse en la élite de la pintura española, con varios premios y un importante apoyo de la crítica nacional. Su cotidianeidad se nutre de una meditada litúrgia contemplativa, casí mística, que él trata de habitar cada día. Lejos de los peligros de las calles, sus horas de trabajo se alimentan de luces tamizadas y ritmos pausados, huyendo de las modas y persiguiendo nuevas vibraciones. Para Javier la pintura es un ritual, un renacer constante, su nutriente más básico, capaz de revitalizar cualquier altibajo personal. Aquí la esencialidad es la meta soñada, como parte de un ‘proceso’ de carácter periódico (aunque la denominación ‘artista procesual’ pueda sonarnos a otras cosas).

Y es que aquella vieja fórmula del ‘ut pictura poiesis’ se hace piel de algodón bajo los pinceles de Javier. Cada fragmento de sus lienzos es un cúmulo de guiños intelectuales, líricos y épicos de nuestro amigo-pintor-poeta. Su último exposición individual ocupó el verano pasado la sala Robayera de Miengo, un prestigioso espacio cántabro donde sólo habían expuesto antes cuatro asturianos (Camín, Galano, Pelayo Ortega y Javier Riera) en una ambiciosa programación compartida con Tápies, Chillida, Baselitz, Lüpertz, Juan Muñoz, Cristina Iglesias, Gordillo, Barceló, Plensa o Juan Uslé. El reto fue muy importante, y el catálogo de Javier Victorero contó para ello con la palabra del añorado Dámaso Santos Amestoy, fallecido hace sólo unos meses. Escribía este amante de la pintura que Victorero lleva tiempo tratando de encontrar su «verdad», su propia voz, aprovechando la estela de ‘tradición iluminista’ europea. «Los nuevos recursos geométricos y los hallazgos espaciales de Victorero deben su desarrollo a la prosecución en pos de aquel fulgor de la pintura que sólo se produce en el límite de la visibilidad. Pintura de otra luz, no es de extrañar que tenga escasos precedentes actuales». Otros especialistas nacionales han subrayado tesis similares. Así, en un texto sobre la serie ‘Bodegón español’ de Victorero, Juan Manuel Bonet afirma: «El pintor, más esencial que nunca, se dirige por el lado de lo sublime a una cierta atmósfera rothkiana. Pero en la actualidad no concibe esa atmósfera luminosa sin el ‘esqueleto’ de la construcción».

La casa de Javier proyecta estos días energía creativa, con la preparación de las piezas que, en el próximo mes de octubre, presentará en la galería Cornión. Los planos geométricos se componen con nuevas melodías que cimbrean entre compases armónicos. Se alternan la nebulosidad y la luminiscencia, se evita la ortogonalidad, se mantienen el rigor estructural y las tensiones. Con esa amalgama, se alcanza finalmente un equilibrio tan sensato como difícil de traducir con palabras. Al margen de discursos, su obra demuestra, como también señalaba Amestoy, que «ni la pintura figurativa, si es verdaderamente pintura, se compone de imágenes, ni la mal llamada ‘abstracta’ es menos figurativa que la del ilusionismo tridimensional». Pintura, en todo caso, norteña. Pintura para pintores. Pintura para miradas alejadas de lo superficial, capaces de advertir el misterio y captar eso que llaman ‘emoción estética’, que presupone, entre las muchas inquietudes del ser humano, una particularmente válida para sentir emociones frente las obras de arte.

La muerte y la resurrección de la pintura ha sido, en distintas épocas de la historia del arte, un ciclo de ida y vuelta. Hoy sigue sufriendo ataques intensos por parte de ciertos indocumentados, envidiosos e incapaces de permitir aquellas disciplinas que no abogan por el espectáculo fácil. A veces, el mercantilismo excesivo de algún pintor contemporáneo merece tales ataques, cuando parten de criterios sólidos, pero al margen de los dogmas estilísticos. Decía el filósofo francés Étienne Gilson, en sus ensayos acerca de lo que él llamaba la ‘forma germinal’ (la inspiración) que sólo hay un modo de aproximación justificable a la pintura. Y este modo de aproximación no es la arqueología, ni la historia, ni la ciencia, ni la filosofía, ni la crítica de arte. Es la propia pintura. Severas reflexiones que Javier comparte plenamente. En su caso, esa forma germinal puede hacer conectar la pintura con otros campos más o menos cercanos (la música, la poesía, la geometría, la narrativa…) pero éstos tan sólo tienen vigencia durante estas largas, pausadas e inexorables sesiones de taller. Ahí (sólo ahí) su pintura recibe el golpe de efecto de esas otras calidades fenomenológicas. Ahí (sólo ahí) el ser (el pintor) puede ser anterior al conocimiento (la pintura) para producir nuevos misterios. Ahí (y en la calle, o en la playa, o el monte, o en la mañana, o en la noche) la pintura permanece al lado del ser, y el conocimiento se hace verso, gesto o, simplemente, carne.

Con permiso de Nano, por supuesto.


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